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Tragando palabras
Lo que comen los que escriben o pintan 25-01-12 Primer Plato Ernest Hemingway, otro Premio Nóbel de Literatura, famoso por su fama de rudo y sus aventuras salvajes en la selva africana, tuvo una alimentación también ruda, al menos en sus comienzos. Cuando tenía trece años mató junto con otro amigo un puercoespín que había atacado a su perro. Su padre, furioso, los castigó obligándolos a cocinar y comerse el animal. Años más tarde su amigo recordaría el hecho diciendo que “lo cocinamos por horas y estaba tan tierno y sabroso como una suela de zapato”. El padre de Hemingway, que también era cazador, acostumbraba cocinar las piezas capturadas y ponía a su hijo a identificar los diferentes animales por el sabor de su carne. Cuando vivió en París luego de la primera guerra mundial, Hemingway y su esposa no pagaban en los restaurantes que frecuentaban, lo hacían sus amigos adinerados, F. Scott Fitzgerald entre ellos. Para justificar su ayuno forzado por razones económicas, decía que le gustaba ver los cuadros de Cezanne con el estómago vacío. El padre de Hemingway se suicidó en 1928 y Ernest le pidió a su madre que le enviara el arma con que se había disparado, cosa que su madre hizo inmediatamente, adjuntándole además un pastel de chocolate. Como todos saben, Hemingway también se suicidó en 1961. Vladimir Nabokov, el autor de Lolita, era un apasionado escritor y un amante de las mariposas, no sólo las coleccionada sino que ¡se las comía! Cuando estuvo en Vermont confesó en una entrevista que comía mariposas y que no veía diferencias entre una mariposa monarca o una viceroy: “saben como una combinación de almendras y queso verde”. Segundo Plato El filósofo y escritor francés Jean Paúl Sastre, impulsor del existencialismo, consideraba la comida no sólo como alimento sino con un símbolo. “No importa si uno quiere comer ostras, almejas, caracoles o camarones, lo importante es saber el significado existencial de cada comida” escribió, y para comprender su pensamiento nada más hay que ver lo que decía de su dieta. No le gustaban los cangrejos ni las langostas porque le recordaban a los insectos. Le gustaban las tortas y la pastelería “por su apariencia, por su combinación, donde todo fue pensado con un propósito”. Prefería las frutas y vegetales enlatados a los frescos, ya que al haber sido procesadas por el hombre eran más que el producto en sí, e incluso mejores. Un producto fresco, pensaba, era “demasiado natural”. Durante la ocupación nazi de París, Sartre y Simón de Beauvoir, su compañera, no podían salir a comer todos los días a restaurantes como estaban habituados y a la Beauvoir no le quedó más remedio que cocinar, cosa que odiaba. Era difícil conseguir comida y, como aquí, tenían que recurrir al mercado negro para adquirirla o bien depender de lo que le enviaban los amigos. Cuenta Simón de Beauvoir que una vez Sartre recibió por correo un conejo que le habían mandado de la campiña y lo botó a la basura. Ella tuvo que escarbar en el pipote y recogerlo nuevamente, aprovechando la ausencia de su compañero, y luego de lavarlo con vinagre y sal lo cocinó con muchas hiervas y especias y se lo sirvió. Sastre se lo comió todito a pesar de que odiaba el conejo, no sabemos porqué ni cuál era el significado existencial que tenía para el él. Salvador Dalí, el pintor del surrealismo, amaba el dinero. Una vez recibió 10 mil dólares por un comercial de televisión en Francia donde decía: “Yo estoy loco, completamente loco…por los chocolates Lavin”. No contento con eso, le propuso a un hombre de negocios norteamericano abrir una cadena de tiendas gourmet llamada “Dalicatessens”. Postre ¿Se imaginan si el Presidente tuviera que tragarse sus propias palabras? <Ver más Noticias |
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