17 de Enero, 2018





Misión Gula de Miro Popic
Cocineros sin fronteras y para todos
30-07-16

Mientras el Gobierno se niega a diseñar un plan de ayuda humanitaria con los organismos que están dispuestos a socorrer a Venezuela en este lamentable momento que vivimos, otros toman la iniciativa, sobre todo en asuntos de comida que son de los que nos ocupamos en estas páginas. Deben ser muchos más en diferentes zonas del país, pero he aquí algunos de los casos que conozco y puedo dar fe de ello.

Plato único
Me contó el chef de un famoso restaurante de Caracas que se había acercado a él una señora de mediana edad, vestida decentemente, algo delgada, pidiéndole, avergonzada y, más que eso, con su dignidad herida, si le podía dar algo de comer aunque no podía pagarlo. Claro que sí, como no, le respondió, invitándola a sentarse en una de las mesas. “No, sólo quiero lo que come el personal. Es que hace dos días que no como”.
Pocas cuadras más allá, un grupo de cocineros exitosos junto con gente del oficio se reúnen para conversar sobre la situación de carencia alimentaria que azota al país. Entre las noticias que se conversan, está la lamentable situación del Hospital J.M. de los Ríos, donde, por razones presupuestarias no cancelan las deudas con la empresa de suministros y no tienen con qué alimentar a los niños hospitalizados. Entre las soluciones planteadas, surge una paliativa que no soluciona el problema, ellos no son autoridad sanitaria ni Gobierno, pero ayuda en estos momentos. ¿Decisión? Cocinar para esos niños. ¿Resultado? Llevan más de un mes proporcionando 220 raciones de comidas diarias gratis, hecho que hasta el oficialista diario Últimas Noticias, se vio obligado a reconocer en su edición del 21 de julio recién pasado. ¿Quiénes son? Entre otros, Francisco Abenante, Carlos García, David Akinin, Valentina Semptei, Omar Sharan, Pedro Aquino, Paola y Juan Carlos Bertorelli y muchos que se han ido sumando a la idea. Le pusieron a su organización Fundación Barriga Llena corazón contento. No es comida de clínica, es comida de restaurante siguiendo los lineamientos nutricionales de los que determinan la alimentación de los pacientes, algunas especiales y bajas en sal. “Es la misma calidad de la sopa que suministramos en Casa Bistró”, aclara Francisco Abenante, su chef fundador y copropietario. No la he probado, pero estoy seguro de que es así. Se requieren ingredientes y otros suministros para seguir adelante, así es que si quieren que unos cuántos niños tengan la barriga llena, pueden hacerlo contactando a esta gente por Barrigallenacorazoncontentove@gmail.com .
Comento el caso con mis amigos y cocineros Edgar Leal y su esposa Mariana Montero y me responden que ellos no pudieron plegarse a la iniciativa porque ya, desde hace algún tiempo, están apoyando para mantener una escuela en el Municipio Baruta que atiende a 120 niños en situación se abandono. Dictan cursos de cocina en sus horas libres y todo lo recaudado va para sostener la escuelita.
Visito la Isla de la Margarita, como se le decía antes y, entre muchas cosas buenas a pesar de la tragedia que están sufriendo, me entero de que hay una fundación llamada Fogones y Banderas, iniciativa de Sumito Estévez y su esposa Silvia, donde, entre otras cosas relacionadas con la alimentación y los emprendedores del área, buscan fondos para becar a estudiantes de bajos recursos que no pueden pagarse los estudios de cocina por más que sientan pasión por ella.
Estoy seguro de que hay muchos más regados por todo el país que anónimamente están haciendo muchas cosas para ayudar a los que nada tienen, especialmente para que coman por lo menos una vez al día, y así justificar las declaraciones del ministro correspondiente y ayudar para que la FAO no quede en ridículo diciendo que aquí nadie se muere de hambre.
Ante tamaño esfuerzo de todos ellos, este escrito no es más que una humilde sopa de letras que no alimentará, pero servirá de testimonio para cuando se escriba la historia de la infamia a que nos vemos sometidos.

Postre
¿Cómo llamarlos? Yo los llamaría cocineros sin fronteras, porque su ayuda, a los que les llega, no discrimina a nadie y supera la barrera de la exclusión. Nadie le pegunta a un niño de qué partido es para darle de comer. Ni si sus padres firmaron.


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