24 de Enero, 2018





Misión Gula de Miro Popic
El pasticho de la pasta en Venezuela (I)
28-09-16

A mis amigos italianos les tengo una mala noticia. La pasta no la trajeron los italianos sino los españoles, en tiempos de la Colonia, mucho antes de que fuéramos república. Esta es la historia.
¿Cómo llegó Venezuela a convertirse en el segundo país consumidor de pasta en el mundo, antecedido sólo por Italia, toda una hazaña considerando que aquí no se cultiva trigo suficiente, materia prima indispensable para la elaboración de espaguetis y macarrones? Si bien éste fenómeno se registra desde mediados del siglo XX, los orígenes hay que buscarlos antes, muchos antes, desde el descubrimiento mismo, desde la llegada del genovés almirante de la mar océano en agosto de 1498 a las costas de Paria, desde que al veneciano Américo Vespucio le pareció que los palafitos se parecían a los palacios de su ciudad natal, desde que el lombardo Pedro Mártir de Anglería comenzó a escribir sobre lo que aquí se comía, desde que el florentino Galeotto Cey nos dio la primera mención y receta de las hallacas. Desde esos tiempos hasta el día en que los zulianos decidieron hacer de la macarronada su plato preferido cada diciembre.
¿Cuál es la influencia de la cocina italiana en la venezolana? ¡Ninguna! O, mejor dicho, muy poco. Ahora bien, en la dieta del venezolano, sí, y mucha, prácticamente de todos los días. Porque el hecho de que consumamos pasta casi como en Italia no es consecuencia de una italianización de la cocina venezolana, sino de una venezolanización de la cocina italiana. No es que cocinemos a la italiana, no, es que comemos ciertos platos como los italianos, al menos algunas de sus preparaciones. Y esto es atribuible tanto a las diferentes migraciones registradas a lo largo de nuestra historia republicana, como al hecho de que un plato de buena pasta es sabrosísimo, nutritivo, además de económico y fácil de preparar. Así de simple. Más que de transculturización, debemos hablar de contribuciones y aportes sustanciales a una cocina que con el tiempo se hizo nuestra, por hábito y por sustancia.
Debemos agradecer a Galeotto Cey, y a quienes rescataron su obra y la tradujeron, la descripción exacta y vívida de lo que se comía aquí en el período prehispánico, especialmente por dar cuenta de las arepas, el casabe y las hallacas y la valorización del maíz como el mejor oro encontrado en las nuevas tierras. Textualmente: “Hacen otra suerte de pan (con el maíz) a modo de tortillas, de un dedo de grueso, redondas y grandes como un plato a la francesa, o poco más o menos, y las ponen a cocer en una tortera sobre el fuego, untándola con grasa para que no se peguen, volteándolas hasta que estén cocidas por ambos lados y a esta clase llaman areppas y algunos fecteguas”; “… después hacen una panelitas como pastillas de jabón y las envuelven en hojas del mismo maíz o de caña poniéndolas a cocer en una vasija grande de tierra (…) y a esta clase de pan llaman ayaccas”; “… aquí encontramos que los indios apenas conocían el oro, ni lo estimaban, diciendo que no era bueno para comer (…) que les bastaba recoger el maíz y otras raíces buenas para comer, para lo cual el oro no era bueno”. Gracias al relato del ilustre florentino es que sabemos cómo se elaboraban los pilares fundacionales que dieron origen a nuestra cocina. Muchos otros vinieron después, es verdad, pero el relato de Cey es y será siempre el primero, el más objetivo y desinteresado. Desde otra perspectiva cabe también preguntarse, ¿habrá contribuido su apreciación sobre el maíz de El Tocuyo para que los italianos, especialmente los del norte, adoptaran en el siglo XVIII el grano americano como ingrediente base para su tradicional polenta?
Es probable que algunos mercaderes italianos hayan llegado a la región bajo control español en tiempos coloniales para comerciar añil, cacao y cueros, pero no hay registro de contribución culinaria destacada durante esos siglos, salvo la presencia de ciertos productos de evidente origen italiano en las postrimerías del siglo XVIII. 1/3 (continuará).




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